Jueves ordinario | En el camino
Posteado por Rafael Frias el diciembre 19th, 2011Después de noventa minutos en el taxi, bajé del coche con un retraso de ciento veinte. Ahí estaban mis tres compañeros de la primaria y secundaria. En la terracita de un restaurante japonés; con tequila y sake; con sonrisas espontáneas y miradas de cómplices; y sobretodo con gran disposición para escuchar, mirar, explorar. La mesa se integró por dos mujeres y dos hombres. Desde el momento en que me senté hasta que salí -unas horas después- tuve la extraña sensación de que aunque los conocía desde siempre en realidad no sabía bien quiénes eran.
En estas semanas he tenido algunas incidencias con el coche: que la verificación desatendida, que un leve choque al salir por el estacionamiento de la oficina, que un policía corrupto lleno de consejos de moral, que un ajustador de seguros efectivo. Bueno, esto de los coches será algo que siga formando parte de nuestras vidas por algunos años más: principalmente por los trayectos largos que debemos recorrer y por la falta de un transporte masivo efectivo. Gracias a estas incidencias vehiculares tuve un par de experiencias agradables con dos taxistas.
Veía a Adriana mientras platicaba: la brillantina adornaba su rostro y el maquillaje cuidadosamente delineado acompañaba su peinado perfecto. Su cadencia al hablar además reflejaba una tranquilidad profunda y un placer de presente. “¿Cuándo crecimos?”, pensaba mientras ella nos compartía con orgullo su placer por la lectura y por la reflexión grupal alrededor de ella. Tiene dos hijos adolescentes y un negocio que la ocupan gran parte de su tiempo. Sigue en el camino de la felicidad. Desde niños siempre me pareció la más consciente de su alegría.
El primer taxista venía buscando un confidente y decidió que yo era el bueno. Más de veinte años de casado y una hija de dieciseis, con trabajos intermitentes de chofer y de empleado constructor; persona derecha y bienvibrada. Con su gran secreto de estar cometiendo adulterio. Según su testimonio, su amante le reembolsa la cuenta del sábado y asume los gastos de la escapada sabatina. Llevan varios meses con esa aventura. Al final no supe si se confesaba o me presumía. De cualquier forma, lo escuché atentamente y no juzgué sus decisiones. Noventa minutos después salí del coche con la sensación de que lo conocía de tiempo atrás.
“Mejor hablemos de personas”, sugirió Jorge al ver que la plática se dirigía irremediablemente a temas de trabajo. Minutos después bromeó: “mejor regresemos a hablar de bancos”, pues tal vez las revelaciones personales estaban yendo demasiado lejos. A él lo conozco desde el kínder y pude distinguir al otrora niño de gran corazón de hace unas décadas. Confieso que sigue siendo difícil de leer, aunque fácil para convivir. Un camino del que poco sé, pero que se siente firme y con gran intensidad.
El segundo taxista lleva treinta años en el negocio, “porque me encanta manejar”, afirmó convencido. Tiene dos hijos: un ingeniero y un contador. “Los dos ya trabajan y el grande es el que se parece más a mí: por eso no tiene novia”, señala con su acento cálido del norte de Puebla. Antes de recogerme una grúa había levantado su coche y el gruyero lo extorsionó. Estuvo a punto de regresarse a su casa para ayudarle a su esposa con el negocio; pero mejor se quitó el mal sabor de boca “con una buena manejada”. Tiene una papelería, pero “son los dulces los que más se venden”. Sus márgenes en lápices alcanzan 150% y en los dulces: “sólo 70%”. Al final le entregué una tarjeta con la esperanza de poder apoyarlo en la operación y crecimiento de su negocio, pero tuve la sensación de que su camino iba hacia otra dirección.
“Es mi anillo de compromiso”, contestó Mara al preguntarle por un distintivo que lleva en el brazo. A su mirada profunda la acompaña una sonrisa que se mueve entre el sarcasmo y la sinceridad infantil. Es la misma que conocí en la secundaria. Su esencia perdura y se refleja en una actitud tranquila y relajada. Sin buscar etiquetar, aunque sí tratando de ilustrar, diría que hoy es hipster, así como ayer fue rockera y gran representante de la música industrial. Cool! En la profundidad de sus ojos uno adivina la gran mamá en la que se ha convertido. Está emprendiendo y a la vez convirtiendo uno de sus grandes placeres en un negocio formal.
Bajé del segundo taxi. La oscuridad engañaba a mis sentidos: apenas eran las seis y media de la tarde, pero se sentían como las ocho o las nueve de la noche. Estaba llegando a una reunión con unos amigos recientes. Cada una de las cuatro personas que estuvimos conviviendo esa noche tiene historias tan diversas que a simple vista la coincidencia no parece tan natural. Pero ése es otro camino que ya tendré oportunidad de compartir.
Etiquetas: Filosofía, Jueves ordinario



Ya ves lo que son las cosas hoy te faltaron unos miles de caracteres…y un poco de cuidado editorial, quien sabe si estoy proyectando el camino que estoy construyendo para otros y para mi con esto del cuidado editorial, sea como sea amigo mío, cool is cool.
Gracias Miquel. Eres bienvenido a ayudarme con el cuidado editorial, jajajaja.
Un abrazo y sigamos construyendo ese otro camino que estamos empezando a recorrer.